menu Menú
Las "Confesiones" de San Agustín. Sobre la memoria y el tiempo
Por Miguel M. Delicado Publicado en Ciencia, Filosofía, Literatura, Recomendaciones del Autor, Religión en 09/04/2012
Sobre la adopción del título califal por 'Abd al-Rahman III (Abd ar-Rahman ibn Muhammad) Anterior San Agustín de Hipona. Líneas de pensamiento Siguiente
San Agustín. Sandro Botticcelli

Confesiones

Estaremos en este trabajo dentro de uno de los reductos más insondables y desconocidos, la propia mente humana. Agustín de Hipona pasará por distintas etapas de su vida hasta llegar a encontrar la verdad, al alma y a Dios. Él nos trata de mostrar en sus Confesiones su propia deliberación platónica mediante el diálogo (en realidad es un monólogo con su alma) acerca de distintas cuestiones. Tras buscar fuera de sí, San Agustín optó por hacerlo en su interior, ya que las respuestas no las conseguía fuera, ni en las corrientes filosóficas ni en la propia naturaleza “Entonces me dirigí a mí mismo y me dije: “¿Tú quién eres?”.

En su obra cita diversas cuestiones de su vida personal y otras relacionadas con sus acercamientos al maniqueísmo y al estoicismo, si bien en este trabajo nos centraremos en el título X donde hace un profundísimo estudio acerca del funcionamiento y esencia de nuestra memoria, así como el XI donde nos plantea la relatividad del tiempo tal y como es inteligible (Einstein dejó más tarde sus propios planteamientos que no distan mucho de los de San Agustín, al menos son igual de relativos).

En cuanto a la memoria, nos habla de muchísimas cuestiones, pero lo más interesante de todo es cómo lo plantea; nos mete directamente en nuestra propia mente, en nuestro “hombre interior” en donde nos hace pensar y filosofar acerca del propio planteamiento que está desarrollando. Esta fórmula de diálogo platónico con su propia alma nos introduce en nuestra esencia por una cuestión sencilla; está hablando de nuestra propia alma también, de nuestra memoria, de cómo funciona, porqué actúa así, porqué se produce el olvido, porqué vienen recuerdos cuando no se precisan y no cuando lo son, etcétera. Son asuntos sempiternos para el hombre, no difieren de unas a otras personas y la memoria funciona tal y como la describe para todos los que puedan leer sus Confesiones, por eso es de vital importancia entender que la presentación de su esquema mental memorístico es universal, y por ello su investigación relatada acerca de la memoria trasciende lo meramente anecdótico, es pura filosofía vital.

Nos hace una descripción de cómo entiende el procedimiento de almacenamiento de los datos, datos que “entran” a través de los canales consabidos de los sentidos, por ello tanto un olor como una imagen accederán a nuestras “celdas” memorísticas (“receptáculos abstrusos” menciona San Agustín) por la entrada del gusto o la vista. Pero en ello él también encuentra divergencias. Nos plantea el problema de conocer ciertas cosas sin haberlas vivido, incluso el conocer su significado sin saber porqué. Todas estas cuestiones nos hacen reflexionar sobre la memoria. Es cierto que estamos hablando de algo etéreo, algo que aun siendo físico-químico no por ello deja de ser perteneciente al alma, a nuestro ser interior.

La memoria que nos describe San Agustín es nuestra propia memoria, su análisis no cambia de una persona a otra como decimos, pues las cosas que nos describe nos ocurren a todos (universalidad, lo Uno, lo simple), y es esa coincidencia la que nos permite filosofar “junto” a él acerca del procedimiento por el cual nos cuesta rescatar de una celda un nombre (el olvido que cita) y el aseguramiento de que si se ha olvidado, es que existe tanto el dato como el olvido como un nuevo dato de la existencia del anterior.

La memoria

Una de las cuestiones de la memoria que nos refiere es la del ordenamiento práctico memorístico que surge adecuadamente cuando se le precisa, por estar los datos “guardados” de tal forma que al ser memorizados salen ordenadamente tal y como se les precisa. Las imágenes de la memoria respecto a los conceptos también son tratadas acertadamente por San Agustín, explicándonos cómo algo sin coincidente físico real puede llegar a tratarse como una imagen por la memoria, dando una especie de capa o apariencia a algo indefinible. Este asunto no es baladí, pues explicar cómo el concepto ser (por ejemplo) puede llegar a formar algo imaginable por la memoria sin tener referentes es cuanto menos loable hacia su persona.

Una preocupación más es lo relativo a la magnitud de la memoria, es tan grande que es inabarcable, por lo tanto San Agustín nos cuestiona si es una parte del alma, o si por el contrario el alma misma es incontenible en ella “[…] es angosta el alma para contenerse a sí misma”. El fundamento del continente no es suficiente para el contenido, pues tal es la grandeza de la memoria que su inabarcable contenido no es propio de una simple cabeza. San Agustín nos incide incluso en la cantidad de datos conocidos por el estudio de las artes, que allí están conservados, aunque no sean utilizados después de muchísimos años.

La explicación de ciertos sentimientos como la tristeza, la alegría, el miedo, etcétera, son razonados filosóficamente por San Agustín como algo inaudito, al absorber la memoria los propios sentimientos y darles una representación experimental en forma de recuerdo, y de aplicación del mismo a una realidad venidera o puntual. El trazo imaginativo del sentimiento queda apuntalado en su celda para recuperarse cuando la situación es esquemáticamente igual o parecida. Tratar estas cuestiones que nos afectan a todos, y que nos desconciertan, es lo que engrandece el estudio de la memoria de Agustín de Hipona.

Como planteamiento final a la memoria, debemos citar que el hombre busca y admira lo externo a él, en el espacio exterior, en los montes, en el mar, tal y como comenta San Agustín, y sin embargo no es capaz de buscarse a sí mismo, de comprender porqué tiene en su interior todas esas mismas cosas en forma de imágenes, de conceptos, de realidades, de vivencias, de nociones, de recuerdos en suma. Esa grandeza interior es la que le llevará a buscar la verdad en sí y no fuera de sí, verdad que le hará encontrar a Dios en su propia alma.

En relación al Título XI nos adentramos en otra gran cuestión difícil de analizar, el tiempo. San Agustín nos plantea una cuestión que se circunscribe al concepto eterno de la existencia de Dios, la relaciona con el presente, el tiempo pasado y el futuro, y trata de explicar porqué existía Dios antes de nada y qué hacía. Y si no existía el tiempo, ¿cómo es que su creador pudo crearlo?, “Tu hiciste todos los tiempos, y tú eres antes de todos ellos; ni hubo un tiempo en que no había tiempo”.

San Agustín nos introduce en una serie de cuestiones temporales físicas y en otras sempiternas del creador, mediante las cuales intenta explicarnos aquello por lo que toda la creación existe, no existió y cuando exista será pasada. Esto que es complejo de definir lo hará San Agustín mediante referentes concretos a cada tiempo: al pasado, al presente y al futuro, siempre analizando filosóficamente qué es cada concepto y porqué ya no lo es en un momento dado.

Nos habla del tiempo como algo no eterno, nada es coeterno a Dios “Mas ningún tiempo te puede ser coeterno”, por eso debemos deducir un inicio del tiempo en torno a su propia creación (para distinguirlo de la creación universal misma).

Dentro ya del concepto tiempo, nos expone San Agustín la incongruencia del pasado y del futuro, como existencias imposibles, pues no puede existir algo que ya no es, ni nada que podrá ser. Del presente nos dice que sería sempiterno si no fuese tiempo, pues para serlo necesita convertirse en pasado y respecto al futuro igualmente. En este aspecto, es complicado definir cuándo el presente pasaría a ser pasado, pues entraríamos en la física temporal a su más mínima expresión, pero lo realmente importante es que tenemos que entender que el pasado no es y que el futuro tampoco.

Relatividad temporal

La probabilidad está asociada al futuro como el pasado se acerca a lo certero, pero la realidad temporal queda definida en una vorágine de modulaciones que tanto los físicos teóricos de hoy en día con la teoría de cuerdas, como los antiguos filósofos en sus planteamientos de los inicios de la creación, y por ende del tiempo (Cronos), nos llevan a cuestionar la “taxatividad” del tiempo. Debemos al menos cuestionarnos que esa modulación temporal ya referida por San Agustín y planteada físicamente por Albert Einstein, nos acerca un poco más a un relativismo de las cosas, sobre todo en la creencia de que lo que conocemos es real, que todo es como parece y que no existe nada que no veamos (aquí viene perfecto el mito de la caverna de Platón, o el espectro electromagnético, por ejemplo).
La existencia queda pues asociada al tiempo, toda vez que lo que existe lo es en un momento dado, si bien aquí matizaremos que el concepto sempiterno de Dios está precisamente incardinado en la extemporaneidad de esa existencia-temporalidad de las cosas. El movimiento es otro elemento que se trata en sus Confesiones y junto al tiempo. El tiempo se correlaciona con él, pues si las cosas “transcurren” y no son inmutables (al contrario que Dios), ese movimiento o mutabilidad de sí mismas deviene obligatoriamente en el paso de una cantidad de tiempo, sea poca o mucha.

Pero nos dice San Agustín que no confundamos el movimiento con el tiempo, pues una cosa no es la otra, sino que se comprende dentro de ella.
San Agustín indaga sobre el tiempo hasta para razonar su medida, y aquí nos muestra la dificultad de entendimiento de algo que no está definido. La “vara” de medición de cuestiones en forma de conceptos, de entendimientos mismos de cada persona, de su pluralidad en la aplicación y corrección de esta siendo personas distintas, distantes e incluso de culturas ajenas. Todo ello nos lo razona al igual que yo podría intentar explicar en este trabajo porqué en España “un pelín” (abreviatura de un pelo) es una medida válida tanto en astronomía, como en microscopía: en un caso equivaldría a mover el telescopio veinte años luz y en el otro una mil millonésima de milímetro. En ambos casos, dos personas diferentes, sabrían a lo que el otro se refiere con “un pelín” y se aproximarían bastante a lo solicitado.

Evidentemente todo esto de lo que estamos hablando en este trabajo, al igual que hacíamos con la memoria antes, no son cuestiones obsoletas ni de ninguneo, pues tanto eran analizadas por hombres de la filosofía de hace dos mil años, como por filósofos de hoy en día, también por el más común de los mortales de entonces y conforme hago yo ahora mismo. Son esencia del hombre mismo, del alma, de la verdad, de Dios, de la creación…

Cuando uno habla interiormente consigo mismo, incluso cuando escribimos en estos trabajos, estamos dialogando con nuestra propia alma. La búsqueda es importante, el hallazgo lo esencial… aunque no se encuentre la verdad.

alma confesiones hombre interior la relatividad memoria mente humana pelín recuerdos san agustín tiempo


Anterior Siguiente

Deje un comentario (se revisan antes de publicarlos)

keyboard_arrow_up