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El cisma de Oriente
Por Miguel de Leuka Publicado en Política, Religión en 09/05/2011 0 Comentarios 8 min lectura
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Iglesia ortodoxa. Icono

Para comenzar este pequeño ensayo debemos situarnos históricamente en los antecedentes del imperio romano. Hablamos de un cisma que ocurre en parte como consecuencia de la división del imperio romano en Occidente y Oriente a cargo de los emperadores Honorio y Arcadio, por parte de su padre Teodosio. Esta división a la muerte de Teodosio en el 395 d.C creó un problema hasta entonces inexistente; la separación física de la Santa Sede respecto a otra parte y sede del imperio romano; la oriental en Constantinopla.

El aislamiento de las sedes imperiales tuvo una repercusión minimizada en sus inicios respecto al aislamiento citado anteriormente del papado, como consecuencia de la propia caída de Occidente en manos de Honorio, que tras veintiocho años de reinado dejó la muerte de dicho imperio occidental en ciernes. El problema de la Cristiandad (término aún en desarrollo y de asentamiento temporal) se ceñía sobre Roma, por cuanto la sede religiosa se distanció de la imperial, ahora ya única en Constantinopla, quedando el papado aislado en un tramo del imperio decaído. Evidentemente la situación hubiera sido muy distinta de haber desaparecido el imperio oriental, pues la sede romana papal nunca hubiera sufrido el cisma, en todo caso hubiera surgido una nueva sede oriental patriarcal, que nunca podría haber reclamado derechos de origen apostólico sobre la Iglesia.

Como consecuencia de este aislamiento citado anteriormente, los emperadores de Bizancio propusieron a la Santa Sede su traslado a Constantinopla, hecho que provocó una reacción inmediata del papado argumentando (y esto era del todo correcto) que la residencia de la Iglesia de Cristo debía estar donde su descendencia apostólica la había ejercido, esto es, en la Roma de San Pedro. Constantinopla era el centro político y económico, pero Roma seguía siendo el “camino” espiritual del pueblo.

Tras esta situación, se produjo el lógico alejamiento entre Roma y Constantinopla, surgiendo otro punto cismático; las imágenes. La iconodulia romana chocaba con la iconoclastia bizantina. El origen del rechazo a las imágenes se originó con las raíces del emperador León “el Isáurico”, debido a la influencia sobre este de los aspectos judíos e islámicos. El negativismo sobre la representación imaginaria de estas religiones produjo una ampliación del cisma ya existente, aumentando aún más si cabe este problema el empecinamiento del sucesor de León, Constantino V, que no dudó en utilizar la violencia para dejar clara la prohibición en tal sentido.

El papado no veía ningún problema en la representación de la imaginería por cuanto, y así lo expresó y defendió San Juan Damasceno en el siglo VIII, era una veneración y no una adoración: se adoraba a Dios y se veneraban imágenes representativas de la divinidad. Finalmente esta batalla la ganó el propio pueblo, que consideró de manera piadosa que esta veneración no era más que la propia adoración a Dios. Debemos argumentar a favor, que hoy en día se siguen venerando imágenes sin que por ello nadie tenga que confundir a Dios con la propia imagen, esta no es más que una representación artística que facilita la propia adoración. Al menos es opinión válida del que subscribe, tanto como puede ser válida la contraria islámica.

Con el transcurso de los siglos, el sentimiento de enfrentamiento entre la iconodulia occidental e iconoclastia oriental quedó patente, unificándose hasta entonces los dos factores del cisma; la sede en Roma y la iconodulia. Papas y Patriarcas enfatizaban sus posiciones hasta que llegó al patriarcado Focio. Antes de este el patriarca Ignacio (apoyado por Roma como el verdadero patriarca natural) dejaba la cuestión menos álgida. Con las conjuraciones accedió Focio al poder (llamemos así al ejercido en el aspecto ideológico) patriarcal, derivándose entonces otro problema más, la falta de reconocimiento de este por Roma. Focio desdeña este posicionamiento y aboga por la independencia de Roma. Este problema se diluye temporalmente por la subida al patriarcado de nuevo por parte de Ignacio, que con su muerte y la nueva subida de Focio se reanuda. Focio quiere una autoridad sin sometimiento, con una representación del papado romano meramente simbólica, argumento que Roma no consiente, pero finalmente tiene que aceptar el reconocimiento de Focio como patriarca.

Toda esta trama de sucesiones patriarcales, sus preferencias, sus reconocimientos y sus intrigas no hacía más que propiciar el separatismo inter-sedes y que el cisma se acrecentara cada vez más. La situación quedó latente hasta que volvió a instigarse en mayor medida con la subida al patriarcado de Miguel Cerulario en el siglo XI.

Miguel Cerulario rompe con Roma, no quiere control y desea al igual que Focio la total independencia del camino espiritual bizantino. Aquí Roma se marcó un tanto de cordialidad, al enviar el papa dos legados (cardenales) para tratar el problema del cisma con Constantinopla y llegar a un acuerdo. Tras varios días de conversaciones, y el cerramiento de Cerulario a admitir la dependencia de Roma, ni de sus papados, los legados depositan sobre el altar mayor de la Catedral de Santa Sofía la bula de excomunión sobre Miguel Cerulario, marchando a informar al papa.

La reacción a la bula de excomunión de Cerulario fue “en la misma dirección y en sentido contrario”; expidió una excomunión contra los dos cardenales que negociaron, y lo que tenía mucha más trascendencia, “…y contra quién los haya enviado”, esto es, contra el propio papa. Miguel Cerulario supo dar la vuelta a la bula que le excomulgaba, para lo cual extendió que la misma era significación de un rechazo de Roma a él, a lo que representaba, y por ende al propio pueblo bizantino y sus ideas iconoclastas. Obtuvo con ello el apoyo popular y estamental, propiciando el sentimiento de expulsión por parte del papado romano.
Como consecuencia de esta situación, se declara Cerulario cabeza eclesiástica de Oriente y patriarca único de su cristiandad, dejando al papa de Roma como mero símbolo de la Iglesia.

Linaje cristiano

Como conclusiones podemos decir que el cisma de Oriente originó tres puntos de aislamiento: la sede imperial respecto de la papal, la iconodulia respecto de la iconoclastia y la excomunión mutua inter-sedes por la falta de reconocimiento de Roma sobre Bizancio como papado y la negativa de dependencia de Bizancio sobre Roma. Estos factores han seguido diez siglos después en la misma posición, si bien las relaciones entre sedes es cordial, quizás acorde a los tiempos un poco más civilizados y de entendimiento. Aquí debemos subrayar que la diversidad ideológica y religiosa, y la libertad de culto ha propiciado estas buenas relaciones.

Se requiere una pronunciación finalmente en el sentido de “posicionar” cismática o heréticamente a la iglesia ortodoxa oriental. Como pequeño ensayo mi pronunciamiento sería una frase manida “depende del cristal con que se mire”, desde Occidente o desde Oriente. Pero como hay ciertos argumentos a favor y en contra de una y de otra, diré que el origen natural le corresponde a Roma, por tanto la sede papal está donde debe estar. Hay cisma. Las imágenes no dificultan, más bien ayudan a la creencia, por ello y dado que es una cuestión de opinión y no de contraste histórico, la ortodoxa no entraría en herejía puesto que su opinión no va en contra de la creencia en Dios ni contra sus mandamientos o palabra (no hablamos de su existencia sea o no trinitaria), por tanto es cismática simplemente. En cuanto a la dependencia y el reconocimiento, Dios nunca entró a las cuestiones de emplazamiento de la Iglesia porque casi ni había comenzado “sobre vosotros edificaré mi Iglesia”, así que vuelve a ser un simple cisma humano que nada tiene que ver con herejías contrarias al dogma.

Es mi opinión, equivocada o no pero es la mía. Creo que sobre los aspectos humanos de la Iglesia podemos opinar cada uno libremente y con respeto, y sobre la Iglesia y sus problemas no dogmáticos es lo que he argumentado.

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